Hace diecisiete años, a los veinticinco, decidí dejar mi trabajo en la agencia donde trabajaba. Había conseguido una colaboración con un cliente independiente que me garantizaba un ingreso mensual. Todo se desarrollaba prácticamente desde casa: yo, en una trastienda, con mi ordenador y mi perrita Minnie a mis pies.
Unos años más tarde, la demanda creció. Y con ella llegó la decisión de dar un paso más: alquilamos un local comercial y empezamos a formar un equipo. Así nació Agência Latte Design, en Vila Olímpia. Fue un paso que me generó mucha incertidumbre, ya que todavía no ganaba mucho dinero y solo tenía un Celta de diez años.
Con el tiempo, la agencia creció. Nos mudamos a Faria Lima y luego a Pinheiros. El equipo, que empezó con cuatro personas, creció hasta llegar a doce. El trabajo era intenso y yo sabía absolutamente todo lo que pasaba allí. Gestionaba proyectos, personal, finanzas, ventas, atención al cliente… incluso la compra de papel higiénico (risas). Aprendí todo a base de prueba y error, enfrentándome a retos a diario. Por un lado, era estimulante. Por otro, extremadamente agotador. Resolver problemas y apagar incendios se convirtió en rutina.
Pero, al fin y al cabo, ese era el camino al éxito, ¿no?
Ser empresaria, crecer, ganar mucho dinero, ser reconocida... Todavía no había llegado a ese punto, pero creía que era el camino más obvio.
Hasta que, en 2019, me cansé de ello.
Me encantaba crear, pero era lo que menos hacía. Mi salud física y mental empezó a resentirse. A pesar de haber atendido a más de 180 clientes y entregado miles de proyectos, respiré hondo y tomé una decisión difícil: cerré la agencia. Casualmente, cuatro meses después llegó la pandemia y, en cierto modo, confirmó que trabajar desde casa era lo más sensato en aquel momento.
Y ahí estaba yo de nuevo, trabajando desde casa, ahora con otros dos cachorros: Feijuca y Farofa (disculpen los ladridos, jaja).
La historia parecía haberse convertido en un bucle. Tenía miedo de lo que los demás pudieran pensar, de que pareciera que Latte Design no había funcionado.
Pero, con el tiempo, comencé a darme cuenta de algo importante. Había logrado algo que muy pocas personas consiguen: Paz y libertad. No tener empleados a mi cargo me ha brindado tranquilidad, concentración y paz. Ahora tengo la libertad de actuar, de trabajar cuando quiera y desde donde quiera. Un verdadero lujo en estos tiempos.
Así es como el "fanático de los viajes" que apenas se tomaba vacaciones se convirtió en un nómada digital, con temporadas en México, Estados Unidos, Perú, Argentina, Japón, Tailandia, Camboya, Vietnam...
Hoy, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que el éxito no se trata necesariamente de ser empresaria, rica o reconocida. Quizás se trate más bien de sentirse satisfecha con el propio camino recorrido. Y está bien si eso difiere de lo que te enseñaron. Porque, al final, existen muchos caminos y significados de lo que es el éxito, que pueden ser diferentes para cada persona.
Todavía no he llegado al final de este nuevo escenario, pero me gusta el camino que estoy siguiendo.
Gracias a todos los que contribuyeron a este viaje.
Un fuerte abrazo,
Silvia Kia